Ciudadanía Emocional. José María Romera

Charla ofrecida el día 9 de febrero dentro del curso 2016 2017 de la Escuela Social de Barañáin. Fue presentado el ponente, José María Romera, profesor, escritor y colaborador de Diario de Navarra y El Correo, por Ramón Arozarena. Ofrecemos a continuación integramente la transcripción de la charla.

dsc_0266-webBuenas tardes

La verdad es que no sé muy bien en calidad de qué comparezco aquí. Soy, como se dice ahora, un profesional multitarea. Por un lado, vengo ejerciendo la enseñanza desde hace cuatro décadas. Por otro, escribo en la prensa con regularidad, a razón de no menos de cuatro artículos semanales de diverso tipo. Y por otro he incurrido durante cierta etapa de mi vida en la política, un veneno que aún sigo consumiendo aunque ahora lo haga más desde una posición de observador. Profesor, periodista y político, por tanto: tres pes sometidas a toda sospecha en esta época, pero que sobrellevo con resignación y lo más dignamente que mis capacidades me permiten.

Es desde esa triple perspectiva desde donde pretendo trasmitirles mis palabras, sin ninguna pretensión académica ni sistematizadora. Les ruego que las tomen como lo que son: un manojo de impresiones y sugerencias sustentadas en la observación curiosa, en la lecturas atentas y en el tránsito prolongado por determinados ámbitos de la vida y de la actividad profesional que me han permitido situarme en ese punto medio entre el conocimiento y la perplejidad que algunos llaman hoy con el neologismo «experticia»: la experiencia considerada no como acumulación de trienios, sino como una forma de saber, o al menos de aspirar a saber.

Así que apelo a su comprensión y les invito a compartir conmigo estas impresiones abiertas, sin ninguna vocación de tesis cerrada, sobre las que si les parece podremos conversar al acabar mi intervención.

Las emociones. Pros y contras

He titulado esta conferencia ‘Ciudadanía emocional’. Quiere decir que me referiré al ejercicio de la ciudadanía, de la participación en la vida social y en la conversación pública, pero haciendo hincapié en las emociones como vía para esa participación. Les anticipo que al hablar de «emociones» me permitiré hacerlo en sentido amplio y, si se quiere, grosero, entendiendo por tales no solo las emociones en el significado estricto del término sino de sentimientos, pasiones, afectos, es decir, todo lo que habitualmente situamos al otro lado de lo racional y lógico.

Y partiré de un hecho a mi parecer indiscutible, característico de estos últimos años, como es:

La reaparición de las emociones en el espacio público: el prestigio renovado de las emociones

El discurso político nos conmina a actuar guiados por las emociones y los afectos, de cualquier signo que sean: amor, odio, simpatía, antipatía, agresividad, entusiasmo, miedo, empatía, asco, disgusto, ira, alegría, en fin… la relación sería inacabable.

Se diría que el corazón ha usurpado el lugar de la cabeza y nos obliga a anteponerlo cada vez que pretendemos interpretar el mundo y mucho más cuando tratamos de formarnos una opinión sobre su curso. Todo es emoción… Hay que ser cautos, no obstante, y no sacar la conclusión precipitada de que el sujeto de hoy es más emocional que en tiempos pasados. Tal vez no. Pero o que sí parece cierto es que se han roto los diques de contención que mantenían oculta o disimulada esa emoción.

Para no dar lugar a dudas, les anticiparé que mi postura ante el fenómeno que voy a tratar de describir es una postura crítica. Pero no cerrada. Así que de entrada les diré también que admito la importancia de las emociones en la vida pública, y les traigo unas palabras de la filósofa Martha Nussbaum en ‘Emociones políticas’ con las que estoy en total acuerdo:

«Todos los principios políticos, tanto los buenos como los malos, precisan para su materialización y su supervivencia de un apoyo emocional que le procure estabilidad a lo largo del tiempo, y todas las sociedades decentes tienen que protegerse frente a la división y la jerarquización cultivando sentimientos apropiados de simpatía y amor».

Las emociones, en efecto, no solo se están poniendo de actualidad sino que gozan de un renovado prestigio. Por un lado sabemos cada vez más de su naturaleza y su funcionamiento gracias a los avances de las neurociencias, que nos sorprenden cada día con nuevos hallazgos sobre aspectos cognitivos y de nuestra personalidad. Ya saben: se dice que estamos en la era de la resonancia magnética, herramienta que amenaza acabar con la propia filosofía.

Otras ramas del conocimiento se están ocupando de ellas y ofreciéndonos nuevos enfoques en el estudio del ser humano. Por ejemplo, en lo que podríamos llamar el estudio de la toma de decisiones del que tenemos una magnífica muestra en la ya indispensable obra de Daniel Kahneman, premio Nobel de Economía en 2002, ‘Pensar rápido, pensar despacio’ (2012, que debería leerse en todas las escuelas, colegios y universidades).

Ya desde de los trabajos de Daniel Goleman y otros gurúes de la «inteligencia emocional» en los años 90 se había venido produciendo en los últimos años una sana reivindicación de la afectividad como ingrediente primordial de nuestras vidas y como vía de enriquecimiento personal.

Por otra parte, las humanidades y las ciencias sociales están experimentando asimismo en la última década lo que se ha dado en llamar un «giro afectivo», que supone una expansión de su ámbito de estudio: la atención se dirige ahora hacia los sentimientos, los recuerdos, la vida cotidiana, la esfera de lo material (Arias Maldonado).

Como dice Aurelio Arteta, El ambiente contemporáneo está dominado así por lo que se ha llamado el «culto a la emoción», que se explicaría como una simplista rebeldía contra el pasado predominio de la razón no menos simplista. Tras haber sido objeto de sospecha mayoritaria en la historia de la filosofía y, por supuesto, para la doctrina y la práctica cristianas, las pasiones han pasado de ser reprimidas a ser reivindicadas.

Pero el propio Arteta advierte ya del lado peligroso de esta tendencia: Emocionarse es ahora siempre bueno, mientras que razonar puede ser perverso. En este movimiento pendular que hoy entroniza los sentimientos, pero al precio de su tajante escisión y hasta oposición respecto del pensamiento, los que salimos perdiendo somos los sujetos morales. (Aurelio Arteta, «Déjate llevar por tus sentimientos» en Si todos lo dicen, 19-22)

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Emociones a flor de piel

Ahora sabemos que ni todas las emociones son dañinas ni lo más acertado es siempre reprimir los impulsos que, aparte de desencadenar reacciones adaptativas y defendernos del exterior, nos muestran tal y como somos en realidad. Pero lo que probablemente sea una buena pauta para la vida privada de los individuos, en lo público crea algunos desajustes incómodos que no por acostumbrados dejan de causar cierta perplejidad.

No hay que dudar de que la emociones sean necesarias, como tampoco de que al lado de las emociones negativas y dañinas existan otras beneficiosas, por no hablar de la importancia que afectos y emociones tienen en la cultura y el arte. Pero el problema surge cuando confundimos su función y, sobre todo, sus espacios.

De manera que nos enfrentamos no tanto a la cuestión de las emociones como a la de la presencia de las emociones en la conversación pública, en los espacios de deliberación, en los comportamientos políticos y en las actitudes ciudadanas. En el plano privado uno debe ser libre para abandonarse a las emociones, incluso a fomentarlas en el buen sentido. Nada prohíbe ser perfectamente racionalista en política y apasionadamente romántico en la vida privada, o en la creación artística, o en la oscuridad del cine donde uno se deja llevar por los arrebatos líricos o épicos que emanan de la pantalla.

Hace un par de años o tres, con motivo de la derrota sufrida por el Athletic a manos —a pies, tal vez mejor— del Atlético en la final de la Liga europea de fútbol, vimos a los jugadores del conjunto bilbaíno y con ellos a buena parte de la hinchada llorando a moco tendido en el césped y las gradas del Estadio Nacional de Bucarest. Sin duda era la expresión humana, espontánea y sincera de una contrariedad difícil de asimilar en aquellos momentos. Y era también la prueba de que los tiempos han cambiado mucho desde la no lejana época en que, como ha recordado Jon Juaristi en un divertido artículo, a los niños de Bilbao se les instruía en el dolor con una exhortación de incuestionable fuerza persuasiva: «No llores, que en el Athletic no quieren nenas».

Pero una cosa es que llorar ya no sea de nenas y otra que se haya convertido en pasaporte para acceder al corazón de la gente, en fórmula garantizada para ser bien visto, y que nuestros políticos no se recaten en soltar la lágrima con cualquier pretexto, ya se trate del presidente saliente de los Estados Unidos en su despedida, ya del candidato a La Moncloa después de visitar a un preso político en Venezuela, ya de un exministro de Exteriores —Moratinos— cuando abandonó su cargo.

Pero hablábamos de fútbol y no de política. El fútbol siempre ha sido una gran factoría de emociones. Pero estas corrían sobre todo a cargo del público excitado con las jugadas de gol o con las decisiones arbitrales, mientras que los jugadores limitaban sus efusiones a la celebración ritual de cada tanto. Consciente de que su trabajo consistía en producir espectáculo para que fuesen otros quienes perdieran el control, el futbolista adoptaba la pose del héroe altivo e imperturbable y eso formaba parte de su leyenda. Ahora no. Ahora el camino al mito pasa por mostrarse de carne y hueso, y no solo en el deporte. La apelación a las emociones está cada vez más presente en esferas de lo público donde antes no tenía cabida el corazón. Desde el discurso político hasta el publicitario, desde los usos informativos de los medios hasta la comunicación comercial, desde la discusión pedagógica hasta la propia ciencia, todo es extremadamente conmovedor, tierno y dramático.

Un noticiario que se precie debe arrancar con el impacto de un aparatoso accidente, de un terrible atentado o de una amable anécdota con rostro humano. El político en busca de votos reemplaza las compromisos de programa por las declaraciones melosas de amor y simpatía hacia la gente, cuando no haciendo pucheros para demostrar lo afectado que se siente ante una desgracia colectiva. La publicidad ya no vende los productos en virtud de sus cualidades intrínsecas, sino como portadores de experiencias intensas y excitantes estados de ánimo. Y hasta los platos de gourmet que nos sirven los chefs de moda dejan de ser sabrosos o apetitosos para interesar porque «fascinan» o «enamoran».

Hay en todo esto un efecto simpático y podría decirse también que higiénico. Exteriorizar las emociones ayuda a conocernos mejor, rompe las barreras impuestas por el pudor y los códigos sociales rígidos, establece entre las personas cauces de comunicación más directos y cercanos. Pero al mismo tiempo enfatiza en exceso el lado frágil de ese yo postmoderno de naturaleza líquida e inestable que, so pretexto de fomentar la sensibilidad, acaba rindiendo culto a la superficialidad, por no decir a lo irracional. Saltamos de una emoción a otra como el visitante de un trepidante parque de atracciones que nos lleva del vértigo de la montaña rusa al pánico de la cueva de los horrores, y de ahí al asombro de los trucos de magia, todo ello sin solución de continuidad.

Al cabo, las emociones se convierten en mercancía y el sujeto picotea en ellas ávido de experiencias que le hagan sentirse actor en la cada vez más indescifrable función de la existencia. Hoy sabemos que la mayoría de nuestras motivaciones no dependen de la lógica sino de la emoción, y que decidimos no tanto en función del juicio racional que nos hemos formado acerca de las cosas como de las emociones que estas nos inspiran. No es casual que una multinacional como Coca-Cola se haya erigido en abanderada de la felicidad, tema en torno al cual ha llegado a organizar varios congresos de filósofos e intelectuales. Emoción y razón unidas en santo matrimonio oficiado por los sacerdotes del consumo.

Pero la inteligencia emocional no consiste en entregarse a las emociones de forma ciega e incondicional, sino justamente en lo contrario: conocer sus mecánicas para poder controlarlas, gestionarlas y si fuera preciso reprimirlas, evitando así lo que estas suponen de «caída brusca de la conciencia en el terreno de lo mágico», en palabras de Sartre. Porque, como dice el personaje de Marcel Marx en ‘El Havre’, la deliciosa película de Kaurismäki, cuando su pequeño protegido le asegura que no ha llorado: «Mejor, eso no ayuda». O, por decirlo en palabras de Lord Byron, que pese a ser un romántico de los pies a la cabeza advirtió: «Quien tiene que hacer no tiene tiempo para las lágrimas».

Nos encontramos, sin embargo, ante la paradoja moderna de que por una parte reclamemos un espacio reservado para las emociones (lo que llamamos comúnmente intimidad) y que por otro asistamos a una época de exhibicionismo desatado de esa intimidad.

Muchos de los que ponen el grito en el cielo ante las revelaciones de espionaje a gran escala por parte de los servicios secretos estadounidenses o por la intromisión de Rusia en los emails de Hillary Clinton estarán ahora mandando mensajes en Twitter con confidencias sobre su vida particular, o colgando en Facebook fotos privadas que los ponen en evidencia. Es la paradoja de la época: exigir intimidad para luego exhibirla. Hay un diferencia, claro. Uno tiene todo el derecho a colgar sus calzoncillos en el tendedero que da a la calle, lo cual no quita para denunciar al que le quiera retratar sin permiso con ellos puestos. Es decir, que deberíamos ser libres para controlar la información de aquello que nos incumbe, y poner los límites allá donde se nos antoje. Pero no es tan sencillo. Cuando uno echa a volar datos privados está abonando un terreno difuso, una zona de nadie donde las reglas se volatilizan por mucho que uno pretenda que sean respetadas. Es lo que se ha dado en llamar, con feliz cruce de términos, la extimidad. Se dice que falta pudor. No lo creo. En mi opinión, lo que se bate en retirada es la prudencia. El joven que en la fiesta de fin de curso se hace la foto de grupo en situación de deterioro alcohólico y luego la cuelga en la red para uso de sus amistades, no tiene en cuenta que ese glorioso instante perderá toda su carga de humor cuando tiempo después sea observado por quienes le someten a una entrevista de trabajo. Cada día los periódicos cuentan un nuevo caso de atrapados en su propio exhibicionismo, solo unos pocos dentro de la infinidad de temerarios que quizá sin saberlo se han vuelto fisgones de sí mismos. Nuestras conversaciones telefónicas son transparentes porque hablamos por el móvil a grito pelado en la calle, en el autobús, en los espacios públicos. Nuestras pequeñas o grandes gamberradas ya pertenecen a la colectividad porque nos jactamos de ellas en las redes sociales. Hemos renunciado voluntariamente a cubrirnos con la ropa del secreto. Pero luego llamamos intruso al que se queda mirando nuestra indefensa desnudez.

El proceso de participación emocional.

Bien, pero ¿cómo se manifiesta esta irrupción de lo emocional en las relaciones ciudadanas y en la participación política?

Decía Rousseau que el verdadero fin de la política es hacer cómoda la existencia y felices a los pueblos. Se ve que hay quienes quieren hacerle caso mediante una nueva forma de hacer política, consistente en prestar atención a los sentimientos en vez de ocuparse de las acciones. Poco parece importar la calidad de vida de los ciudadanos, su seguridad física y jurídica, la mejora de los servicios que se les prestan, el trabajo para facilitarles acceso a la educación o a la cultura: ya saben, esos objetivos antiguamente considerados primordiales en la cosa pública. El estilo de ahora impone algo así una política emocional dirigida al corazón del votante, y de hacerlo unas veces tratando de elevar su autoestima, otras amenizándole los ratos de ocio con una bonita sesión de circo romano donde los gladiadores se intercambian insultos y procacidades.

Lo curioso es que mucha gente parece estar contenta con eso. O por lo menos conforme. Es más: cuando le echan carnaza de discusión barriobajera para que tome partido y se lance a participar en la refriega, entra al trapo con ganas. Si no me creen, miren en las redes sociales y otros gallineros de internet. Mientras los foros donde se debate la política de empleo o el futuro del libro y la lectura apenas tienen visitantes, aquellos otros en que injurian a una ministra o despellejan al jefe de la oposición echan humo. Y la metáfora de «echar humo» no es caprichosa. Fíjense en la de veces en que cuando un escándalo o una trifulca cualquiera se hacen virales, la prensa nos informa de ellos diciendo que «incendian las redes».

Esta es la parte de las emociones fuertes. Pero también se cultivan mucho las blandas, las líquidas, las insinuantes. La radio emite mensajes publicitarios pagados por gobiernos y ayuntamientos donde se recomienda a los ciudadanos que no se estresen, que salgan a la calle abrigados cuando hace frío y provistos de paraguas si amenaza lluvia. Con el gasto de esas campañas podrían repararse los baches de las carreteras o poner más profesores en las escuelas. Pero lo primero es dar mucho cariño al súbdito, decirle cuánto le quieres y susurrarle lo cerca que te sientes de él. Sentimientos en vez de razones. Emoción en lugar de acción. La nueva política —y no me refiero solo a los partidos a los que hemos adjudicado esta etiqueta— se ocupa de proveernos de alimento emocional, labor encomendada en otro tiempo a los cantantes melódicos.

Pero todo esto tiene alguna explicación:

En mi opinión hemos entrado en una era de ciudadanía emocional en la que los modos de participación en la política y en la vida pública privilegian los afectos, los impulsos del ánimo, los sentimientos, las pasiones por encima de la razón.

1) Crece la democracia, y con ella la cultura de la participación ( y es bueno)

Alguien dirá que, como en los juegos olímpicos, lo importante es participar. Y es cierto. En este sentido se podría decir que crece la cultura de la participación, al menos si entendemos por participación la manifestación de actitudes y de posiciones respectos de los asuntos políticos. La gente en general quiere estar al corriente de lo que sucede en el foro público, quiere tomar partido y quiere hacerse oír. Se elogia la participación de la ciudadanía, pero convendría recordar que ese renovado interés por la cosa pública no siempre es garantía de coherencia democrática (Arias Maldonado)

2) Se complican las claves de la vida pública, cada vez más sofisticada

Sin embargo no es tan sencillo hacerlo. La vida pública se nos presenta cada vez más compleja y sofisticada. Las decisiones se toman en instancias cada vez más lejanas a cuyas claves no tenemos acceso. A la dificultad de obtener buena información, de disponer de buenas descripciones de los hechos y de sus claves, se añade la progresiva «especialización» —llamémosla así— de una realidad dominada por la economía y sus arcanos, la tecnología en progresión vertiginosa, los avances científicos, la globalización de los problemas y de sus soluciones, que nos convierte a todos en espectadores atónitos y, en el mejor de los casos, en opinadores amateurs.

No estamos preparados para intervenir, pero exigimos hacerlo con todo el derecho. Y sabemos además que la retirada sería letal, porque dejaríamos la democracia en manos de sus tecnócratas, sus funcionarios y sus profesionales.

3) La participación racional del ciudadano exige una preparación que en el promedio no existe

El raciocinio es complicado (y cada vez más: no podemos interpretar el mundo porque ni siquiera sabemos describirlo, y nada digamos de arreglarlo), y la emoción es simple. Por eso el espacio de participación del ciudadano medio se sitúa cada vez más en la emoción, porque entendemos su naturaleza, nos desenvolvemos bien en sus mecanismos, dominamos su gramática.

Dato: la multiplicación de la información en los últimos años.

Martin Hilbert, comunicólogo, técnico en información en la Biblioteca del Congreso de Washington, ha hecho un estudio para medir la cantidad de información que hay en el mundo. Y ha calculado que hace dos años había 5 zetabytes (1 Zb: un 1 con 21 ceros), el equivalente a 4500 pilas de libros que lleguen hasta el sol. Pues bien, esa cantidad de información crece a ritmo exponencial y se duplica cada dos años, de manera que ahora deben de ser 10 Zb.

Las emociones aparecen entonces a modo de «atajos cognitivos» para poder desenvolvernos en entornos sobresaturados de información: como no podemos saberlo todo, ni interpretarlo todo, ni siquiera formarnos una idea aproximada de la realidad, guiémonos por la emoción, por el impulso, por la reacción espontánea pero ruidosa.  «Resulta evidente que la mayor parte de los ciudadanos carece de una visión integrada o coherente de la política y posee una limitada capacidad para comprender y evaluar los sucesos políticos, siendo necesario explicar su acercamiento a los mismos a partir de las emociones y las motivaciones» (A. M.)

Así que quizá no sepamos, pero sí sentimos. Nos entregamos al juego de las simpatías y las antipatías, de la indignación a botepronto o de la adhesión acrítica, del rechazo visceral o del asentimiento cómodo, es decir: lo que Kahneman llamaría las reacciones rápidas.

Pero no solo eso:

Para que una idea o una conclusión se afiancen en nuestra mente no basta con que sean convincentes o se demuestren verdaderas. Necesitamos que se depositen en un terreno más firme que tenemos dibujado en clave no intelectual. Es lo que me atrevo a llamar la retención emocional. Necesitamos que esas cosas nos apasionen, nos penetren en el ánimo, nos conmuevan y emocionen, y es entonces cuando cuentan con nuestra adhesión (o con nuestra enemistad, en el caso contrario). Necesitamos ser creyentes, hooligans, simpatizantes (atención al término, que lo dice todo) más que aprendices o seguidores racionales.

Eso nos concede no solo una ilusión de participación, sino también una ilusión de autoridad. Cuando nos mostramos indignados o entusiasmados parece como si de repente nuestra postura sobre las cosas hubiera adquirido una extraña solvencia, como si esa firmeza aparente que siempre acompaña a las emociones fuertes llevara aparejada la garantía de acierto en lo referente a aquello que las provoca. Y eso ocurre especialmente en las emociones negativas: en la medida en que crece nuestra ira, nuestro pánico, nuestra irritación o nuestra indignación damos a entender que mantenemos una postura firme, convencida y avalada no solo por la clarividencia sino incluso por la calidad moral. Pero de este malentendido ya nos avisó Bertrand Russell en LCDLF cuando dijo: «No creo que exista superioridad moral en el hecho de sentirse desgraciado».

4) Pese a todo hay que crear la ilusión de participación para a) hacer el paripé democrático, y b) halagar a la gente

Un ejemplo claro de esta ilusión de participación lo ofrecen las redes sociales.

Hay quien piensa que las redes sociales, Facebook y Twitter especialmente, facilitan la repolitización de los ciudadanos en la medida en que les ofrecen cauces de expresión y de conversación de los que de otro modo no dispondrían nunca. Al hacerlo generan una sensación participativa que refuerza la legitimidad del sistema democrático. Pero en cambio otros, quizá con más razón, sostienen que solo son un simulacro de participación destinado más a la satisfacción narcisista de ser oído que al diálogo provechoso. Se trataría, como dice Byung-Chul Han, de una «democracia de enjambre» que sacude el espacio público llenándolo de ruido, un zumbido atronador que nos impide entendernos.

Por eso ha triunfado en las redes la metáfora del virus y «lo viral» para designar la propagación de formas de «activismo» que conectan entre sí a individuos de muchos lugares, a veces de todo el mundo. Es el llamado «slacktivism» o activismo del vago, en el que basta un simple click pulsado desde el sofá de casa para sentirnos campeones de la solidaridad planetaria.

Un ejemplo claro de la perversión de este enjambre son las «shitstorms» o, traducidos literalmente con el permiso de ustedes, «tormentas de mierda»: las avalanchas de basura que caen sobre una persona a raíz de unas declaraciones o una acción desafortunadas. Ya se trate del cineasta Trueba después de renegar de su españolidad, o del concejal Zapata por haber reproducido unos chistes de mal gusto sobre Irene Villa, o del columnista Antonio Burgos al censurar las palabras de despedida de Miguel Bosé a su sobrina Bimba, o de tantos otros personajes sometidos a linchamiento público, el fenómeno viene agravado por el anonimato y por la fuerte carga emocional con que se expresa.

Sin embargo la participación emocional presenta varias características que la hacen sumamente gratificante, porque, aparte de ofrecer un espacio donde todos tenemos cabida sin necesidad de cumplir otro requisito que la mera voluntad de intervenir, es directa (nos pone frente a frente al objeto, acortando las distancias que nos separarían de él en el caso de una comunicación más racional y reflexiva), simplificada y primaria.

dsc_0271-webEmociones políticas

En las dos últimas décadas, lo emocional se ha ido instalando paulatinamente en el discurso de las ideas con un vigor inaudito. De situarse en el frente opuesto a la razón, como tradicionalmente ha considerado la mentalidad ilustrada, las emociones han pasado a ser vistas como un complemento esencial del juicio que introduce en este el factor humano, el calor y el matiz que el frío raciocinio no alcanza a lograr. Más que una marca de la especie que nos recuerda nuestro ser animal, las emociones se nos figuran hoy una herramienta que hay que aprender a manejar para obtener lo mejor de nosotros mismos, para estar alerta ante nuestras flaquezas y para hacer la vida más llevadera a los otros. No podemos negar nuestra condición de seres emocionales ni en el pensamiento ni en la acción.

De esta regla no escapa la política, no solo por ser una actividad humana y como tal susceptible de sufrir los vaivenes del alma. Según la filósofa Martha Nussbaum (‘Emociones políticas’, Paidós, 2014) las emociones están presentes en todos los aspectos de la vida pública, desde los valores que sustentan la ideología de los partidos hasta la organización institucional, y desde los comportamientos cívicos de los sujetos hasta las tendencias de voto en las convocatorias electorales.

No es posible construir el edificio social únicamente con materiales racionales, asegura Nussbaum. Por tanto, en lugar de dar la espalda a las emociones lo recomendable sería indagar en ellas para saber, en primer lugar, cuáles son las más ajustadas a este propósito, y después qué podemos hacer para cultivarlas en lo que ella llama una «sociedad decente».

Los principios solo adquieren sentido cuando van ligados a emociones favorables. Igual que defendemos la equidad porque somos capaces de sentir compasión hacia los infortunados, es difícil acercarse a la justicia si nos dominan el miedo, el odio o la desconfianza. A veces una misma emoción puede ser inspiradora de actitudes sociales y políticas opuestas: así, por ejemplo, hay formas de la simpatía que alientan en la misma medida el impulso solidario hacia los cercanos y el rechazo de los diferentes. Y nada digamos de la emoción patriótica, que la filósofa defiende decididamente porque «pese a sus abundantes peligros, ninguna cultura pública decente puede sobrevivir y florecer sin cultivar esa emoción de una forma adecuada».

Aunque volveremos a hablar de esta filósofa, hay que advertir que las ideas de Nussbaum no gozan de una aceptación unánime. Se le acusa de un optimismo excesivo, de un idealismo romántico que le lleva a sostener ya desde sus primeras obras (en ‘Paisajes del pensamiento’, 2008) un concepto de ‘emoción’ bastante alejado de la simple reacción biológica —y, por tanto, irracional e incontrolada— ante unos estímulos concretos. Según ella las emociones no son ajenas a nuestros pensamientos, sino que tienen un fuerte componente cognitivo (ayudan a interpretar la realidad) e incluso evaluador (permiten valorarla). En las democracias liberales, las emociones así entendidas se convertirían en formidables aliados para la consecución de metas que exigen ciertos sacrificios, tales como las políticas fiscales, las ayudas sociales o la protección del medio ambiente.

Solo apoyándose en las emociones, dice Nussbaum, es posible mantener vivos los principios que inspiran aquellas. Pero, aunque así fuera —y abundan los estudios de psicólogos y neurocientíficos que apuntan en esta dirección—, hablamos de un material sumamente sensible que cuando se pone en manos de la acción política corre el riesgo de ser manipulado, adulterado y pervertido en favor de intereses inconfesables. Nuestra experiencia histórica, tanto personal como heredada, ofrece infinidad de casos en que la agitación planificada de las emociones ha servido para sostener dictaduras, enrolar a los pueblos en causas infames, dar cobertura al crimen, declarar guerras y sembrar la necedad.

Es cierto que otros empeños colectivos de esforzada ejecución han salido adelante merced a algunas emociones positivas cuando se las ha sabido encauzar hacia buenos fines. Sin embargo sigue siendo válido el desiderátum unamuniano: «Dios te conserve fría la cabeza, caliente el corazón, la mano larga».

Dos emociones: el miedo y el asco, y su presencia política y social

Si las he elegido es porque me parecen tres buenos ejemplos de emociones que en el espacio público habría que: 1) aprender a gestionar 2) eliminar, y 3) fomentar pero críticamente

  1. El miedo

– El miedo, emoción devastadora

– El poder del miedo como fórmula de control social

– Actitudes nocivas provocadas por el miedo: xenofobia, racismo

– El uso político del miedo

– Las «industrias del miedo», desde los seguros hasta los entretenimientos

A finales del siglo pasado, el sociólogo estadounidense Barry Glassner expuso en ‘The Culture of Fear’ (La cultura del miedo, 1999) las variadas caras que en nuestro tiempo adquieren los temores, especialmente los colectivos. Hay miedos para todos los gustos: a la medida de los creyentes en conspiraciones y complós y para uso de asustadizos urbanitas que no ven en la Naturaleza más que una fábrica de agresiones y catástrofes, para aprensivos convencidos de la inminencia de una plaga universal y para conductores pusilánimes, para padres y madres de familia obsesionados por la seguridad de sus hijos y para los que se sienten amenazados por las antenas de telefonía móvil. El mundo es una selva erizada de trampas donde nadie está a salvo.

¿Cómo no entender, pues, la psicosis de millones de personas que ante una huelga de transportes se lanzan a vaciar las estanterías de los hipermercados por temor al desabastecimiento? Se trata al fin y al cabo de un miedo de menor escala, infinitamente menos acuciante que el sentido por los que han visto temblar la tierra bajo sus pies o han oído de cerca el estallido de los misiles. Los desastres naturales, las guerras, el terrorismo, las epidemias o el hambre dibujan un escenario horripilante para un planeta capaz de generar pánico también allá donde la vida parece más plácida y segura. La violencia de género en los países desarrollados, la desaparición de niños secuestrados o sometidos a abusos, los accidentes de aviación en aeronaves de líneas prestigiosas advierten de que nadie está libre de amenaza.

El miedo es libre, ciertamente. Y motivos no faltan para tenerlo por muy optimista y confiado que se sea. El miedo está grabado en nuestro código genético como una señal de defensa que desencadena mecanismos de protección, y en ese sentido hay que recibirlo como un guardián leal y útil. Pero muchos de nuestros temores, aunque nazcan como reacción natural alentada por el instinto de supervivencia, crecen al ser alimentados por agentes externos interesados en sobredimensionar la idea de peligro. Porque los miedos también son una buena inversión.

Hay temores que, convenientemente difundidos, actúan como un eficaz mecanismo de control y manipulación social. La mejor forma de condicionar la conducta de personas y grupos no consiste en darles órdenes, ni en infundirles confianza, ni en cubrirlos de elogios, ni en darles afecto: hay que asustarlos. Ya Platón consideraba el miedo como un vicio contrario a las nobles virtudes del guerrero que debían presidir su Estado ideal, porque creaba sujetos sumisos y dispuestos a acatar cualquier orden con tal de sentirse protegidos. «Que me odien, con tal de que me teman», sentenciaba el tirano Calígula. Ni que decir tiene que el uso político del terror (sea en sus formas más dramáticas, sea a modo de miedos menores) forma parte esencial de esa historia universal de la infamia escrita desde la noche de los tiempos por la ‘razón de Estado’. De ahí que Hobbes considerase el temor como el principal aglutinante social, la pasión más poderosa para cimentar y consolidar las sociedades (‘Leviathan’).

Pero hay otro uso del miedo igualmente extendido que ya no consiste en el «argumentum ad baculum», es decir, en atemorizar para controlar. Se trata del miedo como moneda de cambio, como bien cotizado en el mercado de la comunicación, el ocio y el entretenimiento. Desde el cine hasta los deportes de riesgo, desde la morbosidad cultivada por unos medios que privilegian las noticias dramáticas hasta las atracciones de feria ideadas para descargar adrenalina, el miedo nos acompaña amenizando nuestra anodina existencia con sus fogonazos de espanto.

Pasar miedo es también un ejercicio lúdico muy apreciado. Algunos sociólogos han hablado de una creciente «melancolía del riesgo» causada por el exceso de llamadas a la seguridad que se suceden en nuestra vida moderna. Al tiempo que instalamos sofisticados sistemas de alarma para proteger el chalé y nos blindamos con pólizas de seguro de todas clases, practicamos una amplia variedad deportes acabados en –ing (rafting, puenting, balconing) que ponen en entredicho la idea de que queremos sentirnos ante todo sanos y salvos. Convivir con el riesgo y el peligro en forma de juego puede ser una forma de conjurarlos. Tal vez pasando miedos más o menos controlados estamos ahuyentando esos otros miedos más profundos ocasionados por realidades tenebrosas a las que no queremos hacer frente.

El caso es que el miedo forma parte de nuestra cultura y se erige como uno de sus soberanos. Una vez alcanzado un grado razonable de seguridad en la vida buscamos la aventura y el riesgo, o la observación distante del dolor ajeno, para sentir ese escalofrío de pánico sin el cual quizá no habríamos perdurado como especie. Dicho de otro modo: necesitamos el miedo casi tanto como la calma. Ésta nos pone en armonía con la zona del mundo bien hecha, apacible y serena; aquél nos adiestra ante la adversidad y nos hace fuertes ante la otra parte de un mundo colérico, hostil e insoportable.

Pero hay un miedo real, provocado por amenazas ciertas, que cada vez está más integrado en nuestras vidas. El sujeto contemporáneo ve en la televisión una matanza en París o en Estambul y piensa que eso mismo le puede suceder a él a los suyos. Donde creíamos vivir razonablemente seguros surge la sensación de que fallan las barreras protectoras, de que el mal adopta cada día nuevas formas y de que vivimos en un equilibrio cada vez más precario que cualquier malhechor puede alterar sin gran dificultad.

A la misma conclusión llegará quien se adentre en la lectura de ‘Los delitos del futuro’ (Ariel, 2015), de Marc Goodman, un especialista en seguridad que nos alerta de las nuevas formas de delincuencia derivadas de los descubrimientos científicos y los adelantos tecnológicos en nuestro tiempo. Somos frágiles, no cabe duda. Poco podemos hacer frente al ataque de un hacker que se apropia de nuestras contraseñas bancarias o de un químico sin escrúpulos que fabrique armas químicas con medios caseros. La fundada ilusión de avanzar hacia un mundo más seguro queda empañada por la evidencia de riesgos imprevisibles derivados de los mismos recursos que hacen nuestra vida más confortable. ¿Qué hacer entonces? ¿Ponerse en lo peor y cultivar un pesimismo corrosivo, humillante, descorazonador? ¿O entregarse, por el contrario, a una plácida inconsciencia de los riesgos como la que en cierto modo caracteriza a nuestras sociedades según ya vio Taleb en ‘El cisne negro’?

Goodman opta por la respuesta del conocedor. Contra el optimismo irracional de la mayoría que va dejando su rastro personal en la nube de servidores poco fiables, que alimenta la voracidad del ‘Big data’ con detalladas informaciones sobre su vida y sus gustos, que ve con indiferencia cómo sus pasos son grabados por omnipresentes cámaras, habría que instruir a la ciudadanía en el empleo de los nuevos recursos a fin de que cada uno tomase las medidas de precaución a su alcance.

En apenas unos años, dice Goodman, hemos pasado de usar Google como motor de búsqueda para hacer consultas a entrar en él para organizar nuestras agendas, guardar nuestra fotos y hacer llamadas telefónicas. Mil millones de personas publican en Facebook datos íntimos sobre ellos y sus amigos que pueden ser vistos por otros y empleados con fines ilícitos. Estamos permanentemente conectados a pantallas, dispositivos, consolas y artilugios de toda clase que nos exponen a la intemperie, en un grado de vulnerabilidad absoluto contra el que poco pueden hacer los antivirus. Y no menos alarmante es el panorama que ofrece la eventual aplicación a causas delictivas de los descubrimientos químicos, biológicos o médicos. De lo que no previene Goodman es de la psicosis que generan los estados de alerta continua.

Una cosa es el miedo reactivo, el que acomete a quien repentinamente se encuentra ante una situación de peligro inesperada o un dolor que estaba fuera de sus cálculos, y otra muy diferente el miedo previo, el que se recrea en la anticipación de males al acecho y construye estilos de vida y de pensamiento basados en la desconfianza sistemática hacia todo lo que le rodea. Hay una vasta industria del miedo nutrida de esta segunda emoción, merced a la cual en los últimos años han crecido exponencialmente las ventas de sistemas de alarma domésticos, de redes de protección de datos en las empresas y de armas de fuego —que incluso ya  es posible fabricar sin licencia por medio de impresoras 3D-—.  Pero no menos provecho obtienen los poderes interesados en recortar las libertades con la promesa de una incierta seguridad. Si bien se mira, pensar que somos más vulnerables que antes es un error de perspectiva. Las redes que nos exponen a amenazas son las mismas que nos ayudan a prestarnos ayuda en situaciones de urgencia, a salvar vidas y a surtirnos de recursos para la resolución de problemas graves. Los usos destructivos de la ciencia son peccata minuta si se los compara con las ventajas obtenidas en materia de salud, bienestar, igualdad y prosperidad. Es cierto que nada de eso tranquiliza cuando unas mentes fanáticas o sanguinarias deciden orientarlo a fines destructivos. Pero siempre ha habido cuchillos en las cocinas y venenos en las despensas. Para matar no hacen falta complejas tecnologías ni medios sofisticados. Lo que deberíamos preguntarnos entonces es si merece la pena residir en el miedo, por muy justificado que nos pueda parecer.

«No temas a la prisión, ni a la pobreza, ni a la muerte. Teme al miedo» (Giacomo Leopardi)

dsc_0277-webEl asco

Otra emoción a la que les propongo arrojar una mirada es la del asco:

Explicaba hace poco el cantautor Paco Ibáñez en una entrevista el porqué de su conocida negativa a actuar en municipios regidos por el Partido Popular con estas palabras: «No quiero saber nada de ellos, me echan para atrás». Y añadía: «Solo sé que me dan tanto asco que no puedo soportarlo, no consigo que salga una nota de mi garganta». No era una simple declaración de rechazo como las que estamos acostumbrados a oír en este país de exclusiones y fobias políticas encarnizadas. Venía a decir que su aversión hacia el contrario había adquirido rasgos físicos, puramente emocionales, hasta el punto de hacerse insuperable. Hay un asco figurado que es simple fastidio, que revela el pequeño malestar ocasionado por una contrariedad, como cuando decimos «qué asco de lluvia» o describimos una penosa jornada de trabajo diciendo que ha sido «un día de asco». Pero el artista se refería a otra clase de asco, más real y cada vez más frecuente en la vida pública, que recorre el camino de la discrepancia a la náusea haciendo de aquello que nos causa disgusto algo repulsivo, algo que repugna a nuestros sentidos.

Ya no es solo que discrepemos del otro, que sostengamos opiniones distintas de las suyas o que nos encontremos en sus antípodas ideológicas. Se dan circunstancias en que incluso nos costaría precisar la razón exacta de nuestras diferencias aplicadas a políticas concretas; en cambio de lo que sí estamos seguros es de profesarle una antipatía feroz, de que nos echa para atrás. ¿Cabe mejor argumento contra alguien que esa descalificación ‘ad hominem’, registrada en el estómago más que en la mente, en virtud de la cual nada de lo que de él provenga puede hacernos bien? Pues ese es el papel primordial y originario de la emoción que conocemos como asco: mantenernos lejos del peligro, rechazar los alimentos que pudieran transmitirnos enfermedades o alertar ante la presencia de animales capaces de matarnos.

La pregunta es cómo una emoción primaria de índole evolutiva, diseñada como mecanismo para evitar peligros y manifestada en el orden de la realidad material, puede acabar inmiscuyéndose en el orden moral, como signo de rechazo de un adversario que, más que oponerse a nosotros, nos dis-gusta. Es decir, ofende a nuestro gusto igual que un plato servido en mal estado o un alimento repulsivo. Al parecer el ser humano es el único animal que llega a sentir repugnancia ante miembros de su propia especie, y no solo porque los vincule a unas acciones fisiológicas desagradables o los vea representados en figuras estéticamente feas sino también por causas morales o de comportamiento.

El asco viene a ser aquí la expresión máxima de un juicio reprobatorio, de forma parecida a como actúan la burla, el desprecio o el odio pero con mayor fuerza que estos. Conviene advertir, sin embargo, que el recurso al asco en estos casos no es una metáfora. No por el hecho de extenderse a realidades inmateriales como la política el asco moral abandona el terreno de lo físico. De la misma manera que el seguidor incondicional de una formación política acaba fascinado por el encanto de un líder al que idealiza en todos los órdenes incluido el de la belleza, el opositor fanatizado no miente del todo cuando dice sentir vómitos cada vez que ve la imagen del diablo en la valla o en el folleto buzoneado. Y ahí reside su fuerza. Si nuestras preferencias y discrepancias se manifestaran únicamente en el debate de las ideas e incluso el de los intereses, el juego político perdería ese componente de pasión que tan útil resulta a los actores principales de la representación como vía de movilización de simpatizantes. Estos, por su parte, creen que su participación es mayor y más intensa si adopta caracteres emocionales que si se circunscribe al terreno de las decisiones reflexivas. Así que conviene crear tanto ídolos atrayentes como antagonistas indigestos, repulsivos, asquerosos en suma. No pasaría de ser una más de las perversiones a las que ha llegado el discurso político de masas en nuestro tiempo si no fuera porque encierra el riesgo de conducir a consecuencias más graves. Asquerosizar —permítaseme el neologismo— al rival hace que este sea percibido como objeto repulsivo, despersonalizado, despojado de las cualidades que lo hacen humano: lo cosifica.

En uno de sus poemas más desolados, ‘Birds in the Night’, Luis Cernuda ilustra su misantropía con una imagen atroz: «Alguna vez deseó uno / que la humanidad tuviese una sola cabeza, para así cortársela. / Tal vez exageraba: si fuera solo una cucaracha, y aplastarla». La transformación kafkiana del hombre en cucaracha, objeto de asco resultante de la deshumanización del individuo, es el paso previo a la exterminación de este. El asco autoriza a algo más que el desprecio. Instalar el asco en nuestras relaciones públicas, como un modo de situar a los otros y de describir la oposición que les profesamos, supone negarse primero a la posibilidad de entendimiento y, después, acercarse peligrosamente a los aledaños de la hostilidad sin límite. Porque cuando las tripas mandan, la razón se bate en retirada.

Las emociones en la prensa, los medios de comunicación, la cultura

Pero no es este un fenómeno que se circunscriba a las relaciones entre ciudadanos y entre estos y el poder. La emocionalidad está en el ambiente y ha calado asimismo en los agentes mediadores, en particular en la cultura, en los medios de comunicación y en la educación.

Me detendré brevemente en dos de ellos. Hablemos de la emocionalidad en los medios, en la prensa, de la relación entre periodismo y emociones.

La emocionalidad en la prensa. Periodismo y emociones.

A nadie se le escapa que la información se ha convertido hoy en una mercancía de consumo más que en un servicio público. El periodismo, influido por la televisión y por los nuevos medios, ha ido adquiriendo un sesgo sensacionalista tendente a privilegiar lo espectacular y lo entretenido por encima de lo propiamente informativo. Los nuevos contenidos, sometidos a la máquina trituradora de la actualidad, imponen a su vez unos marcos cognitivos de orden emocional, unos encuadres afectivos y sentimentales orientados a la sobreexcitación del espectador, de manera que hoy la mayoría de las informaciones se caracterizan por dar mucho calor, pero poca luz (Arcadi Espada).

Vivimos en una videocracia (Sartori), en una política televisada que ha convertido el espacio público en un plató caracterizado por el dominio de los espectacular, por la superposición de al función expresiva del lenguaje a la función referencial que debiera de ser su primer objetivo, por unos usos lingüísticos donde predominan el sobresalto, la hipérbole, el registro coloquial (Francino y sus tacos), las exhortaciones al receptor («estremézcanse», «atentos», «sigan pendientes»), los titulares tremebundos, el anecdotismo banalizador, la agresividad y cierta tendencia a la vulgaridad, todo conjurado para mantener esa sobreexcitación…

No hace falta que me detenga en todos estos síntomas de histeria que caracterizan el lenguaje periodístico. Pero sí me voy a permitir fijarme por un momento en un aspecto del nuevo discurso periodístico que a mi juicio resulta revelador en esta carrera hacia al emoción: es la narratividad, la creciente tendencia a traducir los discursos descriptivos, expositivos o argumentativos en historias, en artefactos narrativos. Es lo que en el mundo anglosajón se conoce como «storytelling».

A todos nos gusta que nos cuenten historias. «Poseemos una natural inclinación a estructurar la realidad a través de narraciones o historias que nos permitan vincularnos afectivamente a los acontecimientos» (Arias Maldonado)

Desde la cuna hasta el televisor y desde el púlpito hasta el aula, los relatos han cumplido siempre una función esencial en la comunicación humana. Nos entretienen y nos enseñan, nos dan interpretaciones del mundo y nos alivian de su pesadez, sirven de cauce a los aprendizajes y dan sentido unitario a una realidad que con tanta frecuencia se nos presenta fragmentada y caótica. De ahí su abrumadora presencia en la maraña comunicativa de la época, tan plagada de invitaciones al consumo de novelas, películas y series de ficción como propensa a dar forma narrativa a todos los mensajes.

El magnetismo del «storytelling» no solo impregna el discurso publicitario, sino que se ha convertido en requisito obligado de la pedagogía, de la política e incluso de la ciencia. Pero no somos simples consumidores pasivos de historias contadas por otros. A nuestra condición de receptores se añade la de fabricantes de nuestras propias historias, bien sea para resolver situaciones que nos salen al paso en la vida cotidiana, bien por una especie de necesidad permanente de organizar nuestra memoria vital en forma de relato. No importa que muchas biografías consten solo de cambios de domicilio, como observó maliciosamente Borges. En su fuero íntimo todo el mundo se siente el protagonista de una novela única e irrepetible cuyos episodios, por banales que sean, se le figuran piezas singulares de un continuum de proporciones épicas. Y nos priva contarlas.

«Te cuento», decimos a quien tenga interés en oírnos o paciencia para prestarnos su tiempo. Elegimos el verbo «contar» conscientes de que —aunque no siempre «contemos» sino que «describamos», «expliquemos» o «argumentemos»— anuncia el comienzo de un relato y de que al hacerlo convoca la curiosidad natural del oyente, quien a partir de ahí siempre se mostrará más propicio que si le hubiéramos dicho «te razono» o «te voy a convencer». Por eso toda historia contada tiene algo de embuste destinado a engatusar al oyente. La magia y la trampa de las historias residen en su capacidad de atrapar emocionalmente a un receptor que, a poco bien contadas que se les presenten, no tardará en vivirlas como propias o al menos como cercanas.

Desde una perspectiva evolutiva, la ficción opera en el cerebro humano a modo de un gran simulador de experiencias que, al familiarizarnos con ciertas situaciones antes de que estas se nos presenten en la vida real, nos dota de recursos de respuesta para enfrentarnos a ellas. Así se explica que sentados frente a la pantalla experimentemos la angustia del personaje que huye perseguido por el criminal o no podamos reprimir la lágrima ante la emoción de una despedida de celuloide.  No en vano la expresión popular de asentimiento más inapelable respecto a una novela consiste en decir que «atrapa» o «engancha» al lector. La narración nos hace rehenes de lo contado y nos somete a sus reglas particulares. Esas reglas, por otra parte, tienen la virtud de otorgar coherencia a todos elementos puestos en acción. Ameno o latoso, bien o mal contado, todo relato por el hecho de serlo pone cada cosa en su sitio, actúa como si los misterios se aclarasen dentro de un esquema articulado y sólido de acontecimientos regidos por leyes comprensibles. Ante el relato nunca nos encontramos perdidos, cosa que no ocurre ante la realidad de la que ese relato se nutre, más inexplicable e huidiza.

Ni que decir tiene que parte del artificio que da coherencia a la narración va ligado al uso favorable de esta por parte del narrador. Nuestros relatos siempre nos dejan en buen lugar. Hasta la confesión más descarnada tiene algo de embellecedor para quien la hace, porque es el resultado de una elaboración donde los elementos han sido escogidos, encadenados y formulados de una determinada manera y no de otra. Una simple elipsis puede convertir lo bueno en malo o a la inversa. Hacer destacar a un personaje por encima de otro o dilatar el tiempo de un suceso abreviando otro basta para dar al relato un sesgo determinado. Por eso la narración es el más eficaz recurso del autoengaño. No solo contamos historias a los demás; nos las relatamos continuamente a nosotros mismos, como una necesidad superior de mejorar nuestra propia imagen para poder seguir adelante. Paradójicamente las historias que nos conciernen, aquellas que hemos protagonizado o de las que hemos sido testigos son las más susceptibles de  alejarse de la objetividad, tanto si se trata de relatos individuales como si son colectivos. Igual que Lázaro de Tormes, de un modo u otro todos tenemos que escribirnos una historia a la medida propia para que se «tenga entera noticia» de nuestra persona, pero al mismo tiempo para aferrarnos a ella como el náufrago al salvavidas. Al fin y al cabo, como ha dicho Jonathan Gottschall, tal vez solo seamos unos animales contadores de historias.

Pues bien, esta fascinación por el relato, de la realidad transformada en historias, ha invadido el periodismo de manera avasalladora. Los periodistas ya no se quieren definir a sí mismos como mensajeros, ni como intérpretes, ni como servidores de información, sino como «contadores de historias». Esto ha producido un efecto positivo formidable en el aspecto literario del periodismo: nunca como ahora ha habido tantos cultivadores de la crónica, y con tan excelente nivel literario. En parte porque la información se ha convertido hoy en una mercancía que hay que vender por encima de todo, y en parte por el sesgo sensacionalista adquirido por esas máquinas trituradoras que son los medios, el caso es que las noticias de la realidad que le llegan al ciudadano adquieren invariablemente formatos narrativos.

 

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