Europa se juega su futuro

Imanol Zubero UPV/EHU

“¿Iniquidad, crueldad, coacción de las conciencias, opresión mentira, felonía, engaño, infracción del derecho? Sí, sí; pero ¡estas calles están tan limpias! ¡Estos trenes llegan tan en punto!”.

Europa, en estado de proyecto

“Europa es antigua y futura a la vez. Recibió su nombre hace veinticinco siglos y sin embargo sigue hallándose en estado de proyecto”. Con estas palabras abre Jacques Le Goff su ensayo La vieja Europa y el mundo moderno. Veinticinco siglos, ¿y aún en estado de proyecto? Pero lo que en principio pudiera parecer motivo de queja es, en realidad, lo mejor de la idea de Europa.

 Como señala Le Goff, su particular geografía “no imponía la individualización de un continente Europa”. Así como el perfil de sus costas identifica perfectamente a África o a las Américas, Europa no deja de ser “más que la punta del inmenso continente asiático”, de manera que “las estepas de la actual Rusia, las altas mesetas que separan Anatolia de los valles del Éufrates y del Tigris son la zona indecisa en que Europa sale de Asia”. Y sin embargo, a pesar de esta indefinición geográfica (o tal vez por ella), Europa empieza a definirse como un espacio de valores, especialmente cuando, tras la reorganización del Imperio romano de Occidente, emergen dos fenómenos capitales. El primero, la separación entre poder político y poder religioso, el rechazo del poder teocrático. El segundo, “la mezcla étnica que resulta de la creación de la Cristiandad y de los reinos cristianos: a los celtas germanos, galo-romanos, anglo-romanos, ítalo-romanos, ibero-romanos y judíos se mezclaron normandos, eslavos, húngaros y árabes mediante aculturaciones que anuncian lo que será una Europa abierta a las olas de inmigración: una Europa de la diversidad cultural y del mestizaje”.

No entraré a juzgar cuánto hay de verdad histórica o de relato reivindicativo en la mirada que sobre Europa propone Le Goff. Su perspectiva me sirve para proponer una reflexión sobre el reto fundamental que la inmigración supone para la existencia misma del proyecto europeo. Reto que el propio Le Goff identifica como las dos enfermedades de Europa, no exentas de relaciones entre sí: el anacronismo de los “nacionalismos ahogados”, aquellos que no pudieron cumplir en su momento su aspiración estatal, “que perjudican a Europa con un desfase que amenaza con durar antes de que esté acabada la Europa de las naciones”; y el resurgimiento del racismo y de las exclusiones: “unos se manifiestan mediante agresiones xenófobas que recuerdan con frecuencia al nazismo; las otras son decididas, desgraciadamente, frente a una inmigración galopante, por gobiernos que vuelven a encontrar una vieja lógica europea de cierre y de repliegue sobre sí”.

El segundo secuestro de Europa

Según el mito fundacional griego, Europa empezó su historia tras ser raptada por Zeus, padre de los dioses y de los hombres; hoy corre el riesgo de finalizar esa historia como víctima de un segundo rapto: en esta ocasión el secuestrador sería Fobo, ese dios menor hijo de Afrodita y Ares que en el panteón griego representa el temor.

 En 2005 el historiador Tony Judt contrastaba el proceso de construcción en Europa de un modelo de gobernanza interestatal y transfronteriza con el patriotismo beligerante característico de los Estados Unidos de George W. Bush. Judt sostenía entonces que es esta estrategia europea la que hará de nuestro continente un agente político esencial en un mundo globalizado donde, en palabras del secretario general adjunto para las operaciones de paz de la ONU, Jean-Marie Guéhenno, “tras haber perdido la tranquilidad de nuestras fronteras geográficas, debemos redescubrir qué crea el vínculo entre los seres humanos que constituyen una comunidad”. En opinión de Judt, los europeos habían comenzado a redescubrir ese vínculo y a utilizarlo para constituir algo parecido a una comunidad internacional:

Los europeos han empezado a hacerlo: crear un vínculo entre seres humanos que trascienda las viejas fronteras y hacer de esas nuevas formas institucionales algo que realmente sea una comunidad. No siempre lo hacen muy bien, y en ciertos sectores todavía hay una considerable nostalgia por aquellos viejos puestos fronterizos. Pero algo es mejor que nada y nada es lo que tendremos si permitimos que los frágiles acuerdos, tratados, agencias, leyes e instituciones internacionales que hemos creado desde 1945 se desvirtúen y decaigan –o, lo que es peor, se saboteen deliberadamente–. En la situación actual, los europeos son los que más están avanzando en la superación de las fronteras y la creación de una comunidad. Estados Unidos, atrapado otra vez en lo que Tocqueville denominó su “perpetuo autoaplauso”, ni siquiera lo intentan.

Pero eso era en 2005. Hoy, mientras Barack Obama capitaliza el apoyo cosechado tras la localización y muerte de Osama Bin Laden para dar un nuevo impulso a su propuesta de reforma migratoria (que contempla la legalización de 11 millones de inmigrantes indocumentados) en contra de la mayoría republicana en la Cámara de Representantes, Europa saca lo peor de sí misma –esa Europa negra sobre la que escribe Mark Mazower, antiliberal, nacionalista y autoritaria– convirtiendo la inmigración y los procesos relacionados con ella (incremento de la complejidad social y del pluralismo cultural y religioso) en elementos centrales del debate político y social.

 El sorprendente éxito del partido de los Auténticos Finlandeses (Perussuomalaisten puolue) en las elecciones legislativas celebradas en Finlandia el pasado 17 de abril de 2011; la decisión, ese mismo día, del Gobierno francés de cortar el tráfico de trenes procedentes de Italia para evitar la entrada en su territorio de 60 norteafricanos, en su mayoría tunecinos y libios, llegados a Lampedusa huyendo de los conflictos que afectan a sus sociedades; la decisión del gobierno de Dinamarca, de acuerdo con el derechista y opositor Partido del pueblo Danés (Dansk Folkeparti), de retomar los controles aduaneros en sus fronteras, poniendo en cuestión el espacio Schengen y el principio de libre circulación dentro de la Unión Europea… Son los tres últimos episodios –de extrema gravedad, eso sí– de una deriva que, sin ser nueva, ha adquirido unas dimensiones particularmente inquietantes.

 En el verano de 2010 el Consejo de Europa nombró un “Group of Eminent Persons” presidido por el ex ministro de Asuntos Exteriores alemán, Joschka Fischer y formado por personalidades como Emma Bonino o Javier Solana, con la encomienda de elaborar un informe sobre los retos derivados del resurgimiento de la intolerancia y la discriminación en Europa. El documento, que fue presentado en Estambul el pasado 11 de mayo con motivo de la cumbre ministerial del Consejo, considera que Europa está amenazada por una intolerancia y discriminación crecientes (especialmente contra romaníes, musulmanes e inmigrantes y solicitantes de asilo), un mayor apoyo a los partidos xenófobos y populistas, la presencia de una población de migrantes no documentados que prácticamente no tienen derechos, comunidades “paralelas” cuyos miembros apenas interactúan con la sociedad que les rodea, el extremismo islámico, la pérdida de libertades democráticas, e intentos de restringir la libertad de expresión con el presunto interés de defender la libertad de religión (caso Rushdie o las caricaturas danesas de Mahoma).

 Entre las razones que pueden estar detrás de esta situación el informe señala la inseguridad de los ciudadanos debido a la crisis financiera, la percepción distorsionada de la inmigración a gran escala, los estereotipos negativos de las minorías en los medios de comunicación y la opinión pública, y un déficit de liderazgo en la formación de Europa presente y futuro. El informe concluye con la propuesta a los Estados miembros del Consejo de 17 principios rectores, instando a todos los europeos “a tratar a los solicitantes de asilo y a los migrantes que llegan a Europa de una manera justa y humana, mostrando la solidaridad apropiada y repartiéndose la carga entre los Estados miembros”, y pidiendo al Consejo de Europa y a la UE “que trabajen juntos para formular una política de inmigración de gran alcance, coherente y transparente para toda Europa y, al mismo tiempo, que tiendan una mano a nuestros vecinos de Oriente Próximo y África del Norte, brindándoles la oportunidad de participar, con un estatus apropiado, en las instituciones y convenios europeos”.

 Estas recomendaciones nos obligan a volver a una de las razones señaladas por el informe como causa de la actual situación de retroceso en las libertades, la tolerancia, la solidaridad y la aspiración igualitaria en Europa: el déficit de liderazgo. Necesitamos liderazgos políticos auténticamente comprometidos con la construcción del proyecto europeo, capaces de resistir los cantos de sirena de la renacionalización que se expresan tanto en la afirmación etnicista de los “auténticos finlandeses” (o franceses, o españoles, o alemanes…) como en la proclama populista del “aquí no cabemos todos”. Y es que, como señala José María Ridao, “si a la hora de pilotar el proyecto comunitario los actuales gobiernos europeos han optado por lo que abiertamente se considera su renacionalización, ¿qué tiene de extraño que la ultraderecha se coloque a la cabeza de esta corriente y exija lo que parece obvio exigir una vez adoptadas las premisas, esto es, llegar cuanto antes al estadio último al que necesariamente conducen?”.

 Como advierte la profesora e investigadora de Harvard, Pippa Norris, allá donde triunfan los partidos de derecha radical “expanden lo que perciben como “zona de aquiescencia”, de forma que otros siguen el mismo camino en elecciones posteriores”. Lo cierto es que ni tan siquiera es preciso que tales partidos triunfen en las elecciones: “Una ultraderecha incapaz de ganar en las urnas, una ultraderecha siempre minoritaria, acaba imponiendo paradójicamente sus soluciones porque, en el fondo, lo que ha logrado imponer es su análisis, su lectura de la realidad”.

 Éste es el problema: la ausencia de liderazgos políticos poderosos capaces de enfrentarse a la inclusión en la zona de aquiescencia política de mensajes y propuestas que, impulsados por una demoscopia electoral construida sobre el miedo, la desconfianza y el resentimiento, atentan contra los fundamentos de la Europa liberal, social y democrática. Porque todo lo que no sea oponerse con claridad a ese análisis de derecha radical acaba por contribuir a su normalización social.

Europa, città aperta

Mientras redactaba estas líneas escuchaba una entrevista en la cadena SER con el escritor sueco Henning Mankell. En un momento de la misma, decía Mankell que cuando le preguntan sobre la cuestión de la inmigración suele responder que la solución sería construir un puente entre África y Gibraltar.

 No es una propuesta que inmediatamente pueda llevarse a la práctica, no es por tanto una solución. Pero sí es una manera provocadora de reivindicar esa naturaleza profunda de Europa como puente y no como barrera, como proyecto permanentemente abierto y no como constructo definitivamente clausurado, como geografía indecisa e indefinida y no como territorio delimitado, como apertura no como cierre:

La idea de una Europa por fin realizada en la práctica, que habría ahora descubierto sus fronteras definitivas, no tiene sentido. La idea de Europa desaparecería en el instante en que se detuviera su construcción, puesto que Europa no es más que una fase histórica, una etapa; pero, sin embargo, esta etapa no conduce directamente a la utopía totalizadora y totalitaria de un gobierno mundial; lo que nos ofrece, más modestamente, es un modo de gestión bajo control de un mundo globalizado, en el cual ciertos “organismos intermedios” se interponen entre los individuos concretos y la abstracta globalidad, permitiendo encontrar un equilibrio entre la aspiración política de un destino superior y la exigencia ética de lo universal. Este reconocimiento del carácter concreto de las instituciones políticas, esta aceptación, forjada por una extensa memoria histórica del carácter contingente de Europa y de sus límites, ha de seguir siendo hoy el fundamento de nuestra libertad y de la modernidad del proyecto político europeo.

Para lograrlo necesitamos, como se indica en el Manifeste pour un nouveau “nous”, propuesto en 2006 por Tariq Ramadan, una ciudadanía forjada en los valores de la confianza y la lealtad crítica, comprometida con la creación de un nuevo “nosotros”, para los cual es imprescindible su movilización y su trabajo “a largo plazo, más allá de los objetivos electorales que paralizan a los políticos e impiden la elaboración de proyectos valientes e innovadores”. Porque “cuando el elegido se encuentra en un callejón sin salida, cuando carece de los medios para llevar a cabo sus ideas, corresponde al elector, es decir al ciudadano, reivindicar y apropiarse de los medios que le permitan alcanzar sus ideales”.

 

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