Europa y el euroescepticismo

Causas, consecuencias y expectativas

 Guión para un posible debate sobre el futuro de la Unión Europea

Manuel Bear

 

  1. ¿De qué hablamos cuando hablamos de euroescepticismo?

1.1. El término euroescepticismo designa un estado de opinión entre las poblaciones de los países que constituyen la Unión Europea, que desconfía de la viabilidad del proyecto europeo y, en último extremo, lo rechaza en su situación actual sin proponer ninguna alternativa que no sea volver a la situación existente antes de la II Guerra Mundial, de estados nacionales soberanos, restauración de las fronteras y economías de escala nacional.

1.2. El euroescepticismo, a día de hoy, no es una alternativa a la situación actual de Europa porque su hipotética fórmula de retorno a los estados nacionales no permitirá resolver los problemas de la sociedad en la escala en que están planteados: crisis económica, desafío medioambiental, riesgos para la seguridad y la defensa, comunicaciones y transportes y, en último extremo, la comprensión de una cultura compartida.

1.3. A pesar de este manifiesto déficit de proyecto, el euroescepticismo gana de manera creciente adeptos en los países de la Unión Europea, en algunos de los cuales las fuerzas políticas que lo representan son numerosas y proporcionalmente significativas en los parlamentos nacionales y, hasta ahora, estas fuerzas han conseguido dos grandes éxitos para sus objetivos, que, a contrario, pueden considerarse sendos fracasos para el proyecto europeísta. Uno es la falta de resolución del problema de los refugiados al dejarse en manos de los gobiernos nacionales, que, agobiados por sus problemas domésticos y por la población, agitada por los populismos de derecha, han dado una respuesta xenófoba. El segundo éxito euroescéptico, mucho más grave pero relacionado en buena medida con el anterior, es el Brexit, un tema al que dedicaremos más adelante una reflexión más detallada.

  1. Unas pinceladas de Historia

2.1. La Unión Europea fue en origen un acuerdo de Alemania y Francia, al que se sumaron los países del entonces llamado Benelux, para crear un espacio de interés común, de colaboración económica y libre comercio en los países que habían sido escenarios del frente occidental en las dos guerras europeas del siglo XX, que sirviera para evitar la repetición de estos conflictos mediante la creación de una trama de intereses comerciales y económicos compartidos. De este embrión del proyecto europeo, quedaron excluidos por razones políticas obvias los países meridionales del continente, excepto Italia, y los países entonces bajo la órbita soviética. El proyecto europeísta se basó desde el principio en tratados internacionales firmados por estados nacionales soberanos, del área más desarrollada y próspera del continente. Esta característica se mantendrá estable hasta nuestros días.

2.2. A partir de este núcleo inicial de países fundadores, se producen incorporaciones sucesivas de países periféricos a partir de los años setenta y en oleadas sucesivas provocadas por los cambios políticos acaecidos en el continente. El primer país en incorporarse es el Reino Unido que lo hace salvaguardando un estatus especial que evidencia su querida singularidad. Después, se incorporan los países meridionales (España, Portugal, Grecia) tras adoptar un sistema democrático y llevar a cabo ciertas adecuaciones de su estructura económica. Para estos países, la incorporación al club europeo era una necesidad para consolidar su nuevo estatus democrático y no caer en el aislamiento y el atraso en que habían vivido desde el siglo XIX. Por tanto, ni sus razones para la incorporación ni su posición en el club es idéntica a la de los estados fundadores del norte, que, no obstante, encontraron en estas nuevas incorporaciones una oportunidad de ampliación de sus mercados y un procedimiento blando de consolidar su hegemonía en el continente. La incorporación de los países mediterráneos se ve estimulada por los cuantiosos fondos de los que son receptores para modernizar sus infraestructuras y mejorar la calidad formativa de sus trabajadores. Fondos que, administrados por una clase política clientelar, serán un foco de corrupción

2.3. La tercera oleada de incorporaciones al club tiene lugar en los años noventa y la protagonizan los países del centro y este de Europa que han estado hasta ese momento bajo la férula soviética. Son incorporaciones urgentes, dictadas por necesidades políticas y geoestratégicas, singularmente de Alemania, que, con la caída del muro de Berlín y su reunificación ha pasado a ocupar el lugar central y hegemónico en el club. Las cautelas socioeconómicas que se imponen a los nuevos países no son tan estrictas ni controladas como lo fueron para la oleada anterior. Al mismo tiempo, ocurren en el momento más alto del ciclo económico, lo que impulsa y favorece la integración. Este desplazamiento hacia el este del club europeista constituye un baño de realismo al romper las barreras de la artificial división del continente durante la guerra fría. Por primera vez desde los años treinta del siglo XX, los europeos tienen conciencia de la complejidad de Europa y viejos fantasmas, como los nacionalismos, que habían permanecido sepultados, vuelven a la superficie.

2.4. En los años noventa eclosiona también otro fenómeno novedoso: la globalización, que significa la aparición de nuevos agentes económicos, como China, y una reorganización de los mercados a nivel planetario, con dos rasgos: 1) las nuevas tecnologías que cambian radicalmente el modelo productivo y 2) el predominio del capitalismo financiero, liberado de constricciones fiscales para buscar oportunidades de negocio en cualquier parte del planeta. La crisis del modelo productivo industrial, propio de la Europa desarrollada, con sus secuelas de deslocalización fabril y desempleo consiguiente afecta radicalmente al modelo social. En este contexto, destacan dos rasgos. Uno, ideológico, es el predominio, prácticamente en régimen de monopolio, del neoliberalismo. El segundo rasgo es la quiebra del consenso político alcanzado en los países de Europa occidental entre la democracia cristiana y la socialdemocracia, que sirvió de soporte al proyecto europeísta. La democracia cristiana desaparece bajo la férula neoliberal y la socialdemocracia se ve afectada de manera al parecer irreparable por el descrédito del ideal socialista a partir de la brutal conversión al capitalismo de los países del llamado socialismo real: Rusia y China.

2.5. En este marco de cambios políticos, la Unión Europea, así llamada por último, conservó su carácter de asociación de estados soberanos parcialmente condicionados en sus relaciones por una normativa que emana de tratados internacionales, lo que significa, que la legislación europea alberga en su seno los intereses particulares de los estados miembros y en consecuencia revela las asimetrías y desigualdades que se dan entre ellos. El resultado es un conjunto de instituciones con escaso peso político propio y competencias administrativas crecientes que obligan a una desarrollo burocrático de apariencia elefantiásica, si bien en realidad no es tan grande como parece, aunque sí muy ostentoso. Los intentos de avance hacia una mayor representatividad política de las instituciones europeas, es decir, hacia una mayor legitimidad democrática en relación con el demos europeo, han sido escasos y titubeantes porque significaban la correspondiente renuncia al poder de los gobiernos de los estados soberanos miembros. El parlamento europeo es la muestra más evidente de este estado de cosas. Para la mayor parte de la población europea son los parlamentos nacionales los titulares de la soberanía y en consecuencia los responsables de las políticas que tienen que ver con sus condiciones de vida.

2.6. Si bien los avances en la institucionalización política de la UE han sido titubeantes y escasos en relación con los cambios registrados en el mundo, no ha ocurrido lo mismo con la integración del mercado común y de sus mecanismos de gestión. En este sentido, la creación del euro para obviar el laberinto de los cambios de divisas en las transacciones interiores de la comunidad europea y como divisa única de referencia hacia el exterior ha constituido un paso de gigante y, en términos generales, positivo. Uno de los desafíos, de resultado inquietante, con que se enfrentan los euroescépticos es el retorno a las monedas nacionales, fuertemente depreciadas. Sin duda, el Brexit ha sido posible porque, entre las particularidades que los británicos reclamaron para sí, la más notoria fue negarse a cambiar su libra esterlina por el euro, confiados en la potencia de la City como centro mundial de intercambios financieros en su moneda. Pero este es un lujo que los países continentales no pueden permitirse. Sin embargo, la instauración de la moneda común no se acompañó, por razones políticas que están en la esencia de la UE, con una autoridad presupuestaria y fiscal común que obligara a la homogeneidad en el cómputo de las cuentas públicas nacionales de los países miembros, lo que ha terminado por constituir otra fuente de alimentación del euroescepticismo. El dumping fiscal protagonizado por algunos países miembros y el duro tratamiento que recibe el déficit presupuestario por parte de las autoridades comunitarias, con sus correspondientes efectos negativos sobre las políticas sociales, acarrea la desafección ciudadana que está en la base del euroescepticismo.

2.7. La crisis económica que estalló ahora va a hacer diez años y en la que aún estamos tuvo en primer término un carácter de quiebra bancaria generalizada y fue la decisión de los gobiernos de acudir en socorro de los bancos quebrados (una decisión que tal vez no tenía alternativa) la que la convirtió en una crisis generalizada con impacto en los presupuestos públicos y en consecuencia en las políticas de inversión y desarrollo. En un marco de moneda única, la solución tradicional de depreciar la divisa no era posible por lo que la alternativa es devaluar todo el sistema productivo: salarios más bajos, menos prestaciones sociales, menos gasto público, menos inversión, etcétera, hasta alcanzar el punto de equilibrio que permita relanzar el ciclo, punto que aún no se ha conseguido, lo que una vez más aumente el malestar y la desafección política. En términos sociales, este modelo de gestión de salida de la crisis no es sino una desigual redistribución de las cargas sobre las espaldas de los más desposeídos, una variante de lo que antaño se llamó lucha de clases. En este contexto, la desafección política respecto a la Unión Europea, lo que llamamos euroescepticismo, se incuba principalmente en las clases y segmentos sociales más castigados por la crisis económica. La población inserta en estos segmentos siente especialmente la falta de respuesta de los gobiernos y partidos tradicionales.

  1. A modo de conclusiones (y reflexiones para un debate)

3.1. Lo que venimos llamando euroescepticismo o rechazo al proyecto de la Unión Europa es la resultante de dos factores entrelazados: 1) los efectos de un sistema económico que en los últimos años, a raíz de la crisis de 2007, no ha hecho más que aumentar la desigualdad, la pobreza y la incertidumbre hacia el futuro, y 2) la falta de legitimidad democrática directa de las instituciones comunitarias para tomar decisiones que afectan al común.

3.2. La UE es una superestructura política y económica que tiene su base en el acuerdo de los gobiernos de los países miembros pero que no ha construido un demos político. No existe la ciudadanía europea excepto de manera mediada a través de los gobiernos nacionales, incluso en sus aspectos más sensibles. Por ejemplo, la libre circulación de personas se deriva del tratado internacional de Schengen y no de un derecho constitucional. El hecho de que algunos gobiernos haya sugerido la oportunidad de restringir los derechos de libre circulación da idea de quién tiene la verdadera autoridad y lo precarios que son estos derechos comunitarios.

3.3. Las instituciones políticas comunitarias (singularmente, su parlamento) son consideradas lejanas, cuando no ajenas, a los electores de los países miembros, y esta lejanía se ve reforzada por el sistema de elección y por la propia actitud de la clase política nacional. En España, la elección se hace en una lísta única de circunscripción nacional que hace que el elector no tenga ni idea a quién vota y un europarlamentario suele ser un político excedente de cupo en la política nacional al que se envía a un dorado retiro. Este carácter supernumerario de las instituciones europeas explica que haya llegado a la presidencia de la Comisión un político como Juncker que, cuando fue primer ministro de su país, Luxemburgo, se dedicó activamente a promover el dumping fiscal a beneficio, claro está, de su país y no del conjunto de la unión europea que ahora preside.

3.4. Las instituciones europeas, así como los gobierno nacionales, operan mediante una dialéctica derecha-izquierda ya obsoleta porque la protagonizan respectivamente democristianos y socialdemócratas, fuerzas ambas en declive histórico, la primera porque ha sido rebasada por el discurso neoliberal imperante y la segunda porque se ha quedado sin discurso a raíz del fracaso de socialismo real. En esta situación, ambas fuerzas coinciden en ignorar los nuevos hechos y, sobre todo, en rechazar los nuevos agentes políticos aparecidos en escena. La política se convierte así en un juego de acuerdos y desacuerdos coyunturales entre ambas fuerzas sin que exista una línea de continuidad en ninguna de las dos. Entretanto, en los márgenes medran fuerzas nuevas que califican perezosamente de populistas.

3.5. Populistas y populismo son términos de reciente acuñación, aunque no nuevos en la política europea, para calificar a estas fuerzas que medran electoralmente al margen del caduco consenso de democristianos y socialdemócratas y nutridas por el descontento de la población. El término es inconcreto y no define gran cosa excepto ese estado de descontento. Los llamados populismos se nutren de tradiciones nacionales y son en primer término un intento de retorno a estas tradiciones: chauvinistas y xenófobos en los países del norte europeo, donde en el pasado medró el fascismo más duro; comunitaristas e igualitaristas en los países del sur, que arrastran una larga frustración en la construcción de sociedades y estados democráticos, y propiamente nacionalistas en los países del este, donde el nacionalismo ha sido a menudo el eje único vertebrador de la nación. Habría que establecer una taxonomía muy detallada país por país para entender bien de qué estamos hablando cuando hablamos de populismo. Todos tienen en común la imposibilidad de imaginar el mundo tal cual es.

3.6. Un rasgo cierto de los llamados populismos, común a todos ellos, es que carecen de proyecto político. Los populistas no tienen respuesta al estado determinado por la revolución tecnológica, la globalización económica y la apertura de las sociedades europeas actuales. Sus referencias son míticas y sentimentales. Se ha visto en el Brexit: apenas obtenida la victoria en el referéndum, el líder separatista se ha retirado y la sociedad ha quedado sumida en el estupor. El populismo es una respuesta gaseosa a un vacío de discurso ideológico y de práctica política coherente de los partidos tradicionales que ocupan los gobiernos.

3.7. Hay sin duda numerosos factores del cambio social registrado en la última década que agitan el populismo. Nos fijaremos indiciariamente en dos. Uno es la quiebra de la estructura social de la era industrial, la desaparición de la clase obrera y la aparición de un nuevo tipo de trabajador precario, trashumante, intercambiable y salarialmente devaluado, al que se le exige no tanto excelencia en su oficio cuanto una competencia sin tregua con sus iguales. El otro factor que sin duda agita el populismo es la transformación del mapa comunicacional ocasionada por las nuevas tecnologías. Las redes sociales han abolido la jerarquía entre el emisores y receptores de los mensajes que conforman la opinión pública y, al mismo tiempo, ha jibarizado los contenidos primando una comunicación inmediata, paródica, horizontal e indiscriminada, es decir, en último extremo, popular y populista.

Por último, una reflexión sobre el papel que en esta situación cumple a las llamadas naciones sin estado, lo que en la jerga nacionalista se ha venido llamando, la Europa de los pueblos. Es sin duda uno de los factores intervinientes en la cuestión y se trataría de indagar la importancia de su papel. En la medida que Europa carece de un demos europeo específico y discernible que ahora mismo está hipotecado a los estados-nación históricos, la deriva hacia entidades más gaseosas como los pueblos sería un error irreparable, y no solo porque la noción de pueblo es inaprensible y muy difícil de traducir a la más propia de ciudadanía sino porque las naciones sin estado se caracterizan precisamente porque aspiran a tener un estado, es decir, a situarse en plano de igualdad con los estados vigentes, lo que probablemente quiere decir multiplicar los inconvenientes de estos sin tener sus ventajas por razones de escala. En esta tesitura, tenemos dos ejemplos en los que fijarnos: Escocia y Cataluña. Ambos aspiran a la escisión a la vez que se declaran europeístas. El dilema es que si separan del estado del que forman parte también lo hacen de la UE de la que el estado es miembro signatario. Escocia, sin embargo, ha sido traicionada en este trance por el nacionalismo inglés. Cataluña, no. La lección es que las naciones emergentes deben revisar su estrategia hacia la independencia por otra hacia la integración con mayor autogobierno. Por ejemplo, incluyendo en sus estados de autonomía una cláusula cautelar que impidiera al estado tomar ninguna decisión sobre la integración (o desintegración europea) sin el voto mayoritario de la nacionalidad.

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